LA SAMARITANA – EL NOMBRE DE ZDENAC Y LOS MISIONEROS DE LA MISERICORDIA Jn 4, 1-42

Los nombres Zdenac (Aljibe o Pozo) y Misioneros de la Misericordia tienen su raíz en el texto bíblico sobre el encuentro de Jesús con la samaritana en el pozo de Jacob (Jn 4).

El encuentro con Jesús redireccionó en forma significativa la vida de la mujer samaritana. A través de esta conversación en el pozo de Jacob se produce un enfrentamiento personal hacia la Verdad. Ella quería saber más sobre los valores eternos, sobre la vida en plenitud y el agua viva que fluye hacia la vida eterna.

Se sentía aceptada y valorada durante aquel encuentro con Jesús, aceptando su forma de pensar y actuar. Se le había abierto una nueva perspectiva de la vida. Dejó su cántaro, el cual simbolizó su antigua vida, e invitó a los demás a acudir al pozo, donde se encontraron con Jesús. Aquella experiencia de amor incondicional la transforma en una misionera de la misericordia de Dios.

Este texto sirve de inspiración para todos los miembros de Zdenac y para los Misioneros de la Misericordia. Mediante esta y la propia experiencia, llevamos a los demás hacia Jesús para que Él cambie sus vidas.

 

 

La vida de Zdenac  bajo la luz del encuentro de Jesús con la mujer samaritana

En Zdenac nos abrimos hacia lo nuevo, preparados al diálogo y a la solidaridad. Deseamos ser un vivo ejemplo de la enseñanza de Jesús sobre el amor incondicional que se ocupa del hombre. El encuentro de Jesús con la mujer samaritana es ejemplo de la primacía de la libertad interior que reconoce la dignidad humana sobre toda la ley moral y religiosa (Lc 10, 25-37).

Vivimos en una sociedad llena de personas rechazadas y despreciadas. Mediante nuestras obras de misericordia les devolvemos a estas personas su dignidad. La misión de Zdenac es encontrar esas personas que nos están esperando y devolverles la dignidad que les pertenece, ya que son de Dios. Llevarles agua viva, llevarles a Dios.

Como lo ha hecho Jesús, eliminemos los prejuicios sobre las personas y las naciones, invitándoles a conocer el amor, el don del amor universal de Dios.

Muchas personas cegadas por el materialismo no pueden reconocer el mensaje de Dios. Al interesarnos por sus vidas, al saber de nuestro deseo de ayudarles y que no los juzgamos, y al conversar con ellos valorándolos como personas, es entonces cuando aquellas personas se abren hacia nosotros. Su apertura es el comienzo del cambio. Dios nos invita a llevarles a Jesús, pero hasta que ellos no lo dejen entrar en su interior y hasta que en cada parte de su ser no sientan que son aceptados y amados incondicionalmente, no sucederá el cambio en sus vidas. En cada grupo, comunidad, nación, hay una samaritana que aceptará a Jesús, la que será su discípula y la encargada de propagar su enseñanza a los suyos («Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.» Mt 28,19).

Siguiendo el modelo de Jesús, Zdenac tiene claramente marcado su objetivo, su misión. Mediante acciones concretas debemos proclamar que nuestro Dios es un Dios de amor.  Lo más importante es devolverle a cada hombre su dignidad, la dignidad de los hijos amados por Dios, llevarlos hacia un encuentro con Él, para que conozcan que Dios sale al encuentro de todas las personas y que los ama con un amor incondicional.

Con nuestros actos, revestidos del ardor misionero, llevemos a las personas hacia Dios y la luz Divina: «Vengan a ver a un hombre…» (Jn 4,29)

«Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo» (Jn 4,42)

Jn 4,1-42  El salvador del mundo se revela a los samaritanos


Cuando Jesús se enteró de que los fariseos habían oído decir que él tenía más discípulos y bautizaba más que Juan - en realidad él no bautizaba, sino sus discípulos - dejó la Judea y volvió a Galilea.  Para eso tenía que atravesar Samaría.

Llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José.  Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.

Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber». 

Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.

La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.

Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: „Dame de beber”, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva.»

«Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?»

Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá sed otra vez, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna.»

«Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla.»

Jesús le respondió: «Ve, llama a tu marido y vuelve aquí».

La mujer respondió: «No tengo marido.» Jesús continuó: «Tienes razón al decir que no tienes marido,  porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad.»

La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar.»

Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.»

 

La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo.»

Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo.»

 

En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: « ¿Qué quieres de ella?» o « ¿Por qué hablas con ella?».

La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?».

Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.

 

Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: «Come, Maestro».

Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen».

Los discípulos se preguntaban entre sí: « ¿Alguien le habrá traído de comer?»

 

Jesús les respondió: «Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.  Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega. Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría. Porque en esto se cumple el proverbio: «Uno siembra y otro cosecha». Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos.»

 

Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que hice».

Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra.

Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo.»

 

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