EL BUEN PASTOR – EL PERFIL DEL MISIONERO DE LA MISERICORDIA Jn 10,1-18

En el capítulo 10 del Evangelio según San Juan se encuentra la visión de Zdenac: «He venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10); la misión y los valores según los que debemos vivir.

En el capítulo 10 del Evangelio según San Juan se encuentra la visión de Zdenac: «He venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10); la misión y los valores según los que debemos vivir. Todo este capítulo está dirigido a nosotros, para que dejemos entrar a Cristo en nuestras vidas. Él es la puerta. Cristo nos abre el corazón del Padre. Jesús derriba decididamente nuestros muros, los muros de nuestros preceptos y leyes, para inspirarnos una vida nueva, para devolvernos su sentido original, para ser nuestro guía, ayuda y protección. También ha derribado los muros de nuestro alejamiento de Dios, ya que nos habla de la cercanía de Dios mediante imágenes y parábolas de la vida cotidiana. Cristo, el Buen Pastor, es enviado por el Padre para juntar su rebaño. En el Evangelio, el pastor es llamado también puerta que lleva al corral. Él es aquel que permite el acceso a la intimidad y comunión de la vida con el Padre. Jesús se compara a sí mismo con el pastor, el dueño de las ovejas. Un pastor que no posee a las ovejas para su propia satisfacción. Él, Jesús hecho hombre, existe por el bien de las ovejas. Nos da una prueba de ello: «El Buen Pastor da su vida por las ovejas.» Las ovejas le son más importantes a él que sí mismo, que su propia vida. El Buen Pastor es la imagen de los misioneros, que cuida por el bienestar de todas las personas. La segunda característica del Buen Pastor es que CONOCE a sus ovejas. En la Biblia, el verbo conocer significa ACEPTAR en su totalidad, entrar en su profundidad, la comunión de la vida, la entrega, la santificación, el respeto por igual, perdonar aunque..., confiar aunque... Este es el AMOR INCONDICIONAL, por el cual el Buen Pastor da su vida para salvar a las ovejas (almas) de los lobos que simbolizan a Satanás, el cual arranca y arruina las almas para la eternidad. El Misionero de la Misericordia conoce a los que sirve.

Él se relaciona con los mismos, entra en sus casas, a sus vidas. Tiene confianza en ellos, los acepta y los respeta como a personas con un pasado, con las subidas y las caídas. Sus ovejas le conocen a Jesús. Todas aquellas características que tiene el Buen Pastor, las tienen también sus ovejas. Podríamos exceptuar el perdón, ya que Jesús nunca hizo algo por lo que debía ser perdonado. Somos en todo semejantes a Jesús, excepto en el pecado. Jesús compara el conocimiento entre su Padre y Él, con el conocimiento que hay entre Él y sus ovejas. Para comprender todo aquello que comprende la relación entre el Hijo y el Padre, recordemos las palabras del Padre desde la concepción de Jesús hasta el final de su vida terrenal: «Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo.... y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 30-33); «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará la luz a un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados» (Mt 1, 20-21); «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección.» (Lc 3,22) Meditemos las palabras de Jesús que reflejan la relación y la lealtad hacia su Padre: «Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34); «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes...» (Jn 11, 41-42); «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mt 26, 39).

En estos párrafos podemos ver con cuánto amor y entusiasmo el Padre habla sobre el Hijo y el Hijo sobre su Padre. Con qué entrega, obediencia y confianza, Jesús Hijo le dice a su Padre lo que siente por Él. Ellos han cultivado esta relación durante la vida terrenal de Jesús. Esa misma relación es la que Jesús construye con sus ovejas. Él y el Padre son uno, y toda su preocupación por los miembros de su rebaño apunta a que ellos también sean uno (véase Jn 17, 1-2); ser uno en una unidad que no elimina la identidad personal e individual de cada oveja, sino que las diferentes características de cada uno de los miembros del rebaño se complementan. Lo mismo ocurre con las diferentes vocaciones religiosas. El Buen Pastor conoce a cada una de sus ovejas y las llama por su nombre (Jn 10, 3). Y todos los que escuchan la voz de Pastor tienen un llamado especial y un lugar dentro del rebaño. Esa particularidad en el llamado, se evidencia desde el principio. Lo primero que hizo Jesús cuando comenzó su camino terrenal y predicó el Reino de Dios, fue haber elegido un grupo especial de personas, los doce discípulos a quienes eligió para estar con él y para enviarlos a predicar. (Mc 3, 14-15) Nosotros somos las ovejas de Jesús, en quienes Él cree, en quienes Él confía. Todos los días, a cada uno de nosotros, nos llama por nuestro nombre. Él está con nosotros. Él quiere reunirnos en un solo lugar, que seamos una comunidad abierta para poder atraer a otras ovejas que están lejos del rebaño, de la Iglesia. Nuestra vocación misionera es ser semejantes a Jesús, por medio de las obras de misericordia y del conocimiento de Su Palabra, para atraer a otras ovejas a su rebaño, a la Iglesia. Su entrega al Padre es la fuente y fuerza que posee, para dar su vida por las ovejas. Esta es la Voluntad del Padre, a que está completamente entregado. Su comportamiento hacia las ovejas es regido por la obediencia a su Padre. La entrega de Jesús a la Voluntad del Padre es, para nosotros en Zdenac, un ejemplo a seguir en nuestro crecimiento espiritual, que se vislumbra con el apoyo mutuo y la creencia de que cada uno de nosotros es valorado y deseado de la misma manera por el Padre. Nuestro Señor Jesucristo y Buen Pastor entrega su vida por las ovejas perdidas en el mundo para que tengamos una vida en plenitud.

¡Que la alegría del Evangelio nos colme a todos! Jesucristo es el Buen Pastor, que nos guíe a todos juntos y a cada uno hacia el buen camino, y nos lleve a la fuente de la vida eterna. Jesucristo dice de sí mismo: «Yo soy el Buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí , como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre– y doy mi vida por las ovejas.» (Jn 10, 14-15) Que el amor del Buen Pastor nos llene a todos, para que podamos ser responsables los unos por los otros y apoyarse mútuamente en el camino hacia Dios. Jesús, el Buen Pastor (Jn 10, 1-18) «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz.» Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia. Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye. Y el lobo las arrebata y la dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas. Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre– y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor. El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre.»

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